Infinitivamente

¿Qué más puede hacer esa gente que teatro? ¿Les queda alguna otra posibilidad?
Milan Kundera

Ir solo a una manifestación, sin acompañante ni acento, introducirse en el panal de ciudadanos y pancartas, sumar uno al conjunto, preguntarse si uno vale algo, respirar el omnipresente tufo a costo, asomar la cabeza por encima del mar de cabellos, hacer malas fotos con el móvil, mirar a un lado y a otro, sentirse idiota...

llegar a pensar en colocarse los auriculares y escuchar música pero desechar la idea porque haría aún más estúpida la propia presencia...

avanzar con el grupo, asombrosamente puntual en su arranque, y seguir la ruta prefijada mientras las fuerzas del orden envuelven indisimuladamente la marcha con sus azules enjambres de luciérnagas intermitentes e intimidantes... pedalear con el pelotón, escuchar proclamas en la vanguardia y en la retaguardia: unas nuevas, otras clásicas, todas descoordinadas...

mirar la noche, conocer la desolación a través de la luz amarilla de las farolas, a través de los rostros de la gente que sólo mira... leer carteles, rótulos de tiendas, ver a lo lejos un feísimo Messi gigante, fijarse en el anuncio de una función teatral de los Morancos y confundir “improrrogable” con “imperdonable”... reírse pero luego ponerse muy serio...

empezar a aplaudir, a sacar un hilillo de voz sin saber a qué cánticos atenerse, si los de proa o los de popa...

reseguir la ondulación de las banderas rojas, de las hoces amarillas, repetir las menciones al pueblo, a la lucha obrera, preguntarse si todo esto sigue vigente, si no es anacronismo, un autoengaño, si en realidad no suena demasiado romántico o si el equivocado es uno mismo, si fuimos desligados para ser encadenados, si habría que refundar el lenguaje, si menos teoría y más práctica...

clavar la mirada en un tipo con una chaqueta Alpha, con braga negra, sin capucha, con pintas de querer algo más que una reivindicación descafeinada... oírlo a él y semejantes desgañitarse al pasar delante de las lecheras con ganas de despedazar a alguien... recordar a los matones del colegio, intentar decidir qué opción es válida, intentar listarlas, desistir confuso e indefenso...

alejarse de los provocadores, subirle la voz al transistor mental, poner los altavoces, intentar acallar esta incómoda sensación de mareo...

remar, situarse sobre el mascarón, abandonar el río revuelto, virar hacia un afluente menor, desembocar en la ensenada de siempre, echar el ancla frente al arrecife de vallas, frente al dique de antidisturbios, frente al puerto del ayuntamiento mientras todos llegan... acumularse con un cierto rumor pero sin apenas ruido, final de fiesta sin lectura del manifiesto...

recordar que es algo improvisado, que lo que importaba era la muestra de apoyo al pueblo de Gamonal... advertir cómo los que encabezaban la protesta señalan las diferentes entradas a la plaza, llenas de agentes de la ley, y empiezan a recoger y a salir de la ratonera... marchar, abandonar al resto sin saber qué coño sucede, sin querer quedarse para averiguarlo, montarse una película...

de vuelta, saber que no pasó nada en la plaza pero que un grupo de cafres la armó en Las Ramblas... escuchar cómo, en el informativo, intentan ligarlo todo...


1 comentario

aningunsitioperoquesealejos dijo...

Comienzo del capítulo 21 de La insoportable elvedad del ser de Milan Kundera:

La traductora gritó por segunda vez su llamada con la bocina. En respuesta volvió a oírse un inmenso e interminable silencio indiferente.

Franz miró a su alrededor. El silencio desde la otra orilla del río había sido para todos como una bofetada. Incluso el cantante con la bandera blanca y la actriz se sienten angustiados, dubitativos, sin saber qué hacer.

Franz comprendió de pronto que todos eran ridículos, él y los demás, pero aquella comprensión no lo separaba de ellos, no lo llenaba de ironía, al contrario, era ahora cuando sentía por ellos un inmenso amor, como el que sentirnos por quienes han sido condenados. Sí, la Gran Marcha se acerca a su fin ¿pero es ése un motivo para que Franz la traicione? ¿No se aproxima también su propia vida a su fin? ¿Es justo que se ría del exhibicionismo de los que acompañaron a los valientes médicos hasta la frontera? ¿Qué más puede hacer esa gente que teatro? ¿Les queda alguna otra posibilidad?